Considera esto para que tu oración sea conforme a la voluntad de Dios.

tiempoparaorar Cuando escuchamos el evangelio y nos congregamos con creyentes en Dios, de las primeras cosas que aprendemos es a levantar nuestra voz al Señor para externarle nuestra alabanza, nuestras peticiones, nuestra gratitud, nuestros anhelos e intercesiones.

 
Aprendemos que la oración se lleva a cabo con palabras honestas, sinceras, no con repeticiones y palabrerías similares a las que usaban aquellos que adoraban a dioses de madera o fabricados con diversos materiales. Los propios discípulos de Jesús le piden que les enseñe a orar y él les responde con un modelo, no para repetirla, sino para demostrar que la oración emana de una vida dispuesta a hacer la voluntad del Padre (Mateo 6:5-15).
 
Lo primero es invocarle llamándole nuestro Padre, lo cual significa que nos comportamos como sus hijos (Efesios 5:1; 1 Pedro 1:14-16; 1 Juan 3:9).
1 Por tanto, imiten a Dios, como hijos amados, Efesios 5 (RVC)
Cuando dice “por tanto”, implica que el enunciado que sigue es una consecuencia o resultado de los argumentos anterior, ya dados. Debemos imitar a Dios porque somos sus hijos, dice el apóstol Pablo. En los textos que anteceden a esta conclusión leemos que ya no debemos “vivir como la gente sin Dios, que vive de acuerdo a su mente vacía”, que no debemos vivir como aquellos que “viven ajenos de la vida que proviene de Dios”. Esas personas “se entregaron al libertinaje para cometer con avidez toda clase de impureza. Quienes viven así, viven según su naturaleza “corrompida por los deseos engañosos”, y por el contrario, la exhortación para quienes creemos en Cristo es “renuévense en el espíritu de su mente y revístanse de su nueva naturaleza, creada en conformidad con Dios en la justicia y santidad de la verdad”.
¿Cuál es esa justicia y santidad de la verdad que es conforme a Dios? Efesios 4 nos dice que es vivir desechando la mentira, hablemos verdad; si acaso nos enojamos, no debemos pecar; buscando la reconciliación cada día; si acaso antes robábamos, dejar de hacerlo y, en cambio, trabajando para vivir y compartir con quien tenga necesidad; dejando de hablar obscenidades, sino pronunciando lo que edifica y bendice a quienes escuchan; abandonando todo lo que sea amargura, enojo, ira, gritería, calumnias, y todo tipo de maldad, y en lugar de eso, siendo bondadosos y misericordiosos, y perdonándonos unos a otros, así como Dios perdona en Cristo a quienes hacen estas cosas (Efesios 4:17-32).
Al orar… debemos tener la disposición de hacer lo que el Padre manda, lo que le agrada, lo que ha dispuesto, lo que es bueno, lo que es afable, lo amable, lo que conduce a vida eterna.
Después enseña a recordar que el Padre está en el cielo, por lo tanto, nosotros estamos en la tierra, y de la tierra venimos y a la tierra volveremos (Génesis 3:19 y 6:3; Job 38:1-42:6; Eclesiastés 12:1-8; Salmo 100:3 y 139; Isaías 40:6-8).
19 Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás., Génesis 3 (RVC)
Al orar… debemos estar ubicados, sabiendo que Dios es Dios y nosotros somos sus criaturas, en otras palabras, él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Al pensar en alabanzas para él, peticiones o gratitudes, es necesario tener claro que él es eterno, soberano y omnipotente, no para satisfacer caprichos humanos producidos por una mente corrompida y un corazón amante de sí mismo, sino para hacer todo para su propia gloria.
Cuando decimos –santificado sea tu nombre–, una vez más recordamos con quién tratamos: con el Santo, tres veces (Génesis 4:4-7, 6:5-7, Éxodo 20:20; Levítico 4-6:7, 19:1-37; 2 Samuel 12:10-14; Salmo 32:1-2; Isaías 26:7; Jeremías 3:13, 8:6; Ezequiel 18:20-32; Daniel 9:4-5; Mateo 4:17; Romanos 6:22; 2 Corintios 7:1; 1 Tesalonicenses 4:7; Hebreos 12:10; 1 Pedro 1:13-16; 1 Juan 3:9; Apocalipsis 4:8).
Pues Dios no nos ha llamado a vivir en la inmundicia, sino a vivir en santidad. 1 Teslonicenses 4 (RVC)
Dios es Santo y no es menos Santo si abunda el pecado en nosotros, no obstante, al participar de su naturaleza al morir a la carne y vivir en el Espíritu, nos limpia de todo pecado para participar de su santidad y perfeccionarla en nosotros.
Al orar… que el nombre de Dios sea santificado, pedimos que Dios perfeccione la santidad en nuestra vida, y en la medida en la que somos rebeldes con nuestro pecado, provocamos que otros blasfemen el nombre de Dios por nuestra vida hipócrita.
Al rogar porque venga el reino de Dios, pedimos porque nosotros seamos una prueba de la llegada de ese reino celestial, siendo un hijo de Dios que colabora en el establecimiento de ese reino de justicia y verdad. ¿Cómo es ese reino? Ahí se hace su voluntad. Por eso decimos que se haga la voluntad del Padre en la tierra, así como ya ocurre en el cielo. Eso no significa que Dios no sea soberano en la tierra, sino que el pecado reinante en las vidas de las personas ceda su dominio a la voluntad de Dios en esa gente (Santiago 2:18-26).
26 Pues así como el cuerpo está muerto si no tiene espíritu, también la fe está muerta si no tiene obras. Santiago 2
Al orar… –venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra–, externamos nuestro anhelo de que todos sean hijos de Dios, como nosotros, y nos comprometemos con vidas que pasaron de muerte a vida a hacer lo bueno y lo justo, la voluntad de Dios, para que otros crean.
Pedir que Dios nos dé lo necesario para vivir hoy significa saber que el Padre es nuestro proveedor, lo cual produce dependencia y confianza en él, pues sabe de qué tenemos necesidad antes de hablar. Es un reconocimiento de su autoridad, amor y misericordia para con nosotros, sabiendo que somos limitados y débiles, pero él es fuerte y no hay algo que le sea imposible (Mateo 6:25-34; 2 Corintios 12:9-10).
31 Por lo tanto, no se preocupen ni se pregunten “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?” 32 Porque la gente anda tras todo esto, pero su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas estas cosas. 33 Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Mateo 6 RVC
Al orar… debemos hacerlo con un corazón guardado en el mejor y más seguro lugar, en los méritos de Cristo y la provisión del Padre que hay para quienes buscan primeramente su reino.
El Señor nos ilustra la necesidad de perdonar a todo aquel que nos ofende y nos perjudica, pues enseña a pedir perdón al Padre por nuestro pecado en la misma medida en la que perdonamos a otros sus ofensas. Porque Cristo también murió para expiar los pecados de quienes nos maltratan y es justo dar de gracia lo que de gracia hemos recibido (Mateo 10:7-8; Filipenses 2:3-8)
Vayan y prediquen: “El reino de los cielos se ha acercado.” Sanen enfermos, limpien leprosos, resuciten muertos y expulsen demonios. Den gratuitamente lo que gratuitamente recibieron. Mateo 10 (RVC)
Al orar… nunca olvidemos que creer en la gracia recibida por Dios en Cristo implica imitar a Dios en su amor, paciencia, misericordia, perdón y gracia para con nosotros, para que no haya estorbo a la oración.
Finalmente, nos instruye el Maestro a rogar al Padre que no permita que caigamos en pecado cuando somos seducidos por la tentación. Es hermoso ver que el Señor desea tengamos un corazón dispuesto a hacer la voluntad de Dios, tan intensamente, que supliquemos ser sostenidos par no pecar contra él a causa de nuestra débil carne, pese a la disposición del espíritu. No obstante, la forma de evitar la tentación es orando, y efectivamente, Dios no permite que seamos tentados más de lo que podemos soportar. Nos enseña a apartarnos del mal y aborrecerlo para no ser engañados, cuando decimos –líbranos del mal– (Marcos 14:38; 1 Corintios 10:13).

13 No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla. 1 Corintios 10

Al orar… estamos seguros de que nuestro pecado costó el derramamiento de la sangre preciosa de Jesucristo, por lo cual entendemos la necesidad y urgencia de apartarnos del mal para ser librados de él.
Hacer una oración no es cuestión de palabras nada más, sino de estar consciente de cómo está mi corazón. Cuando oramos sin la actitud correcta, sin saber cómo presentarnos ante Dios, entonces hemos olvidado lo importante.
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Efraín Ocampo es consejero bíblico, escritor, ex periodista y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona a reconciliarse con Dios y con su prójimo.

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