Estudio bíblico #1: ¿Conoces bien a tu Dios?

Texto: 2 Crónicas 6:14-42.

Personaje: Salomón.

Contexto:
El rey Salomón se encuentra en un momento histórico. Está a punto de inaugurar el Templo del Señor luego de 480 años de la salida de Israel de Egipto, y a los 7 años de que comenzaran las obras. Su padre, el rey David, juntó las materias primas, reunió los recursos y diseñó los planos para su construcción. Momentos antes de la dedicación del Templo ya terminado, Salomón oró. Sus palabras encierran no un discurso para la ocasión, sino grandes verdades sobre el carácter de Dios y sobre la naturaleza pecadora del ser humano, por la cual nuestros intentos por amar al Señor y obedecer su voluntad son inconstantes.

Nuestra oración refleja nuestro conocimiento de Dios

La oración de Salomón nos habla primeramente de quién es Dios. Describe que Dios desea establecer un pacto con el ser humano, un pacto de amor con quienes le sirven y siguen de todo corazón. Es con ellos con quienes cumplirá todas sus promesas, por lo que el Consejo de Dios nos recuerda que las personas no solo necesitamos estar mejor o en buenas condiciones (pensamientos, emociones y comportamientos santos), sino que las bendiciones son resultado de una plena comunión con él: conscientes de su carácter, reverentes ante su señorío y majestad, disfrutando su presencia, anhelantes de ella.

Después nos recuerda quién es él y cuál es su voluntad, y eso es evidente en la oración de Salomón. Tener un conocimiento preciso de Dios, hasta donde la revelación lo permita, nos ubica al indicarnos cuál es nuestra posición: el Señor no suplica un poco de nuestra atención, sino que sus siervos suplicamos nos escuche desde su trono.

Dios extiende su gracia para reconciliarnos con él

Este conocimiento no sería posible sin la intervención del Espíritu Santo en su pueblo, el cual es testimonio interno de la verdad del Señor, así como la gloria que llena el Templo ––donde no cabe la presencia de Dios, por cierto, como el mismo Salomón lo sabe y afirma––.

Ante un Dios Santo y Misericordioso el arrepentimiento de pecados es una constante. El Consejo de Dios no omite esta necesidad. Al contrario, desde Adán y Eva queda muy claro, pues los vistió con pieles, las de los animales que derramaron su sangre para cubrir la vergüenza humana, pecadora. La paga del pecado es muerte, nos advierte el Consejo de Dios, su testimonio, su voluntad.

Y donde abunda la transgresión de la ley, el pecado, abunda la gracia. El Consejo de Dios nos invita a reconocer, confesar y arrepentirnos del pecado. Siempre. ¡Hay esperanza en Dios! Es el Dios de David, padre de Salomón, en cuyas manos el rey prefirió caer antes que en las de sus enemigos, a sabiendas de que es misericordioso, pero justo. Debido a esa justicia el pueblo de Israel debía acogerse a la gracia para perdón de pecados.

La oración de Salomón nos recuerda que aunque el Señor nos quiere más y más santos, también reconoce nuestra debilidad e inconstancia, por lo que nos insta a la reconciliación para no quedarnos alejados de él.

Más gracia y menos juicio, como Dios

Dios es Juez, y por ello nos extiende su gracia antes de que venga el juicio. Mientras lo haga, no nos da lo que merecemos para darnos lo que no merecemos, su amor, perdón y poder para ser libres en él, y así podamos tener comunión con él.

La iglesia de Cristo debe también extender más gracia y menos juicio, tal como Dios lo ha hecho. Esta gracia es para reconciliarnos con Dios y como sus hijos debemos hacer lo posible para que otros disfruten de ello, no a costa de Dios mismo abaratando la gracia al prometer comunión sin reconciliación, sino llamando al arrepentimiento, como Salomón lo hacía.

Dios siempre está listo para recibirnos y darnos libertad del pecado que nos destruye mientras nos esclaviza. Nos da gracia para no volver a esa esclavitud.

Oración de Salomón

12 A continuación, Salomón se puso ante el altar del Señor y, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos. 13 Había mandado construir y colocar en medio del atrio una plataforma de bronce cuadrada, que medía dos metros con veinticinco centímetros por lado, y un metro con treinta y cinco centímetros de alto. Allí, sobre la plataforma, se arrodilló y, extendiendo las manos al cielo, 14 oró así:

«Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú en el cielo ni en la tierra, pues tú cumples tu pacto de amor con quienes te sirven y te siguen de todo corazón. 15 Has llevado a cabo lo que le dijiste a tu siervo David, mi padre; y este día has cumplido con tu mano lo que con tu boca prometiste.

16 »Y ahora, Señor, Dios de Israel, cumple también la promesa que le hiciste a tu siervo, mi padre David, cuando le dijiste: “Si tus hijos observan una buena conducta, viviendo de acuerdo con mi ley como tú lo has hecho, nunca te faltará un descendiente que ocupe el trono de Israel en mi presencia”. 17 Señor, Dios de Israel, ¡confirma ahora esta promesa que le hiciste a tu siervo David!

18 »Pero ¿será posible que tú, Dios mío, habites en la tierra con la humanidad? Si los cielos, por altos que sean, no pueden contenerte, ¡mucho menos este templo que he construido! 19 Sin embargo, Señor mi Dios, atiende a la oración y a la súplica de este siervo tuyo. Oye el clamor y la oración que elevo en tu presencia. 20 ¡Que tus ojos estén abiertos día y noche sobre este templo, el lugar donde decidiste habitar,[a para que oigas la oración que tu siervo te eleva aquí! 21 Oye las súplicas de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Oye desde el cielo, donde habitas; ¡escucha y perdona!

22 »Si alguien peca contra su prójimo y se le exige venir a este templo para jurar delante de tu altar, 23 óyelo tú desde el cielo y juzga a tus siervos. Condena al culpable, y haz que reciba su merecido; absuelve al inocente, y vindícalo por su rectitud.

24 »Si tu pueblo Israel es derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, y luego se vuelve a ti para honrar tu nombre, y ora y te suplica en este templo, 25 óyelo tú desde el cielo, y perdona su pecado y hazlo regresar a la tierra que les diste a ellos y a sus antepasados.

26 »Cuando tu pueblo peque contra ti y tú lo aflijas cerrando el cielo para que no llueva, si luego ellos oran en este lugar y honran tu nombre y se arrepienten de su pecado, 27 óyelos tú desde el cielo y perdona el pecado de tus siervos, de tu pueblo Israel. Guíalos para que sigan el buen camino, y envía la lluvia sobre esta tierra, que es tuya, pues tú se la diste a tu pueblo por herencia.

28 »Cuando en el país haya hambre, peste, sequía, o plagas de langostas o saltamontes en los sembrados, o cuando el enemigo sitie alguna de nuestras ciudades; en fin, cuando venga cualquier calamidad o enfermedad, 29 si luego en su dolor cada israelita, consciente de su culpa[b] extiende sus manos hacia este templo, y ora y te suplica, 30 óyelo tú desde el cielo, donde habitas, y perdónalo. Págale a cada uno según su conducta, la cual tú conoces, puesto que solo tú escudriñas el corazón humano. 31 Así todos tendrán temor de ti y andarán en tus caminos mientras vivan en la tierra que les diste a nuestros antepasados.

32 »Trata de igual manera al extranjero que no pertenece a tu pueblo Israel, pero que atraído por tu gran fama y por tus despliegues de fuerza y poder ha venido de lejanas tierras. Cuando ese extranjero venga y ore en este templo, 33 óyelo tú desde el cielo, donde habitas, y concédele cualquier petición que te haga. Así todos los pueblos de la tierra conocerán tu nombre y, al igual que tu pueblo Israel, tendrán temor de ti y comprenderán que en este templo que he construido se invoca tu nombre.

34 »Cuando saques a tu pueblo para combatir a sus enemigos, sea donde sea, si el pueblo ora a ti y dirige la mirada hacia esta ciudad que has escogido, hacia el templo que he construido en tu honor, 35 oye tú desde el cielo su oración y su súplica, y defiende su causa.

36 »No hay ser humano que no peque. Si tu pueblo peca contra ti y tú te enojas con ellos y los entregas al enemigo para que se los lleven cautivos a otro país, lejano o cercano; 37 y si en el destierro, en el país de los vencedores, se arrepienten y se vuelven a ti, y oran a ti diciendo: “Somos culpables, hemos pecado, hemos hecho lo malo”; 38 y si en la tierra de sus captores se vuelven a ti de todo corazón y con toda el alma, y oran y dirigen la mirada hacia la tierra que les diste a sus antepasados, hacia la ciudad que has escogido y hacia el templo que he construido en tu honor, 39 oye tú sus oraciones y súplicas desde el cielo, donde habitas, y defiende su causa. ¡Perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti!

40 »Ahora, Dios mío, te ruego que tus ojos se mantengan abiertos, y atentos tus oídos a las oraciones que se eleven en este lugar.

41 »Levántate, Señor y Dios;
    ven a descansar,
    tú y tu arca poderosa.
Señor y Dios,
    ¡que tus sacerdotes se revistan de salvación!
    ¡Que tus fieles se regocijen en tu bondad!
42 Señor y Dios,
    no le des la espalda a[c] tu ungido.
    ¡Recuerda tu fiel amor hacia David, tu siervo!»

https://www.biblegateway.com/passage/?search=2+Cr%C3%B3nicas+6%3A12-42&version=NVI

Otras reflexiones bíblicas:

Encuentra más sobre este tema en su libro de Restauración Personal “40 días en el desierto“. También lee el libro de Restauración de Relaciones “Amar como a mí mismo” y de Restauración de Iglesias “La Iglesia Útil“.
Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona e iglesia a reconciliarse con Dios y con su prójimo. Es autor del éxito de librería “La Iglesia Útil”, entre otros libros.

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