Explora tu corazón cuando evitas a ciertas personas porque te caen mal.
 Es frecuente que alguien se exprese de otra persona diciendo “me cae mal”. De hecho, te reto a que pienses en cuántas personas podrías contar dentro de tu iglesia, tu trabajo, tu vecindario, dentro de los medios de comunicación o dentro de tu propia familia que entrarían en esta categoría. Quizás puedes contar menos nombres al preguntarte a cuántos seres humanos odias, porque claro, es hablar de palabras mayores y reservamos el término para seres que nos han hecho daño a nosotros o a la humanidad.

El odio se asocia directamente con intolerancia, discriminación, amargura, falta de civilidad. Por eso es políticamente incorrecto decir que odiamos a alguien y nos hace quedar mal frente a los demás. Hasta puede que tengamos certeza de que odiar es pecado. Sin embargo, ¿quién podría juzgarnos porque “nos caen mal” ciertas personas? ¿A quién no? Y aparentemente es inofensivo. Finalmente no las estamos exterminando ni llevando a juicio, sencillamente no son merecedoras de nuestra gracia, pero pensar así es el verdadero problema, y 1 Juan 3:15 demuestra todo lo contrario.

El que una persona nos caiga mal está asociado a la antipatía. El diccionario de la Real Academia Española (DRAE) la define como un “sentimiento de aversión que, en mayor o menor grado, se experimenta hacia alguna persona, animal o cosa” y aterrizando este concepto en nuestra vida cotidiana podríamos agrupar sus diferentes aplicaciones dentro del siguiente listado. Una persona nos cae mal…

  • Si tiene hábitos, personalidad o estilo de vida diferentes o contrarios a los nuestros;
  • Si sus actitudes y/o acciones han lastimado en algún sentido nuestros sentimientos o a personas o cosas que estimamos;
  • Si algún rasgo de su persona o de su vida genera envidia en nuestro corazón; quizás es “demasiado perfecta”;
  • Si sus acciones y/o actitudes inciden en nuestro orgullo sobre lo que somos, tenemos o podemos hacer;
  • Si tiene un aspecto físico que no cumple con nuestros parámetros de belleza o los de la sociedad;
  • Si nos recuerda a alguna persona, situación o rasgo que fue negativo en algún momento de nuestra vida;
  • Si no es lo suficientemente hábil, inteligente, capaz, divertido, de agradable charla, auténtico, responsable, veloz o cauteloso o reservado como lo somos nosotros o como deberían ser (a nuestro juicio).

Hace unos meses me encontré cuestionándome por qué me “caía  tan mal” una persona cercana a mí. A simple vista no hacía nada malo, pero por alguna razón, día con día sólo pensaba en la aversión que me causaba; y varios de los puntos de esta lista me dieron la primera aproximación a la respuesta del porqué. Al parecer todo tenía que ver con esa persona y nada conmigo. Pero claramente esto no solucionó el problema. ¿Cuándo iba yo a poder cambiar a otra persona para que fuera de una forma que me resultara más agradable? En principio es totalmente libre de ser y desarrollarse como quiera. ¿Y quién aseguraría que mis parámetros para cambiarla son los correctos cuando yo misma estoy llena de imperfecciones? Si nadie es monedita de oro para caer bien a otros, difícil empresa la que comenzaba a adjudicarme.

Todo que ver contigo

En realidad este sencillo y normal sentimiento de que alguien “nos caiga mal” no pasa desapercibido en nuestra vida, siempre refleja algún aspecto de nuestro estado emocional y espiritual además de que tiene consecuencias; en mi caso, menguó mi ánimo y afectaba mi convivencia e interacción, inclusive obstaculizaba las oportunidades de compartir mi Fe en Jesús porque ¿cómo compartirle a alguien a quien miro con desprecio? Aun cuando lo que me desagrada de una persona no incide en la posibilidad de que ella alcance salvación, sí afecta mi testimonio acerca del amor, acerca del Dios inclusivo en quien digo creer y que murió por amor a todos.

Si te detienes a pensarlo, cada vez que alguien “te cae mal” tiene todo que ver contigo y los parámetros que deseas establecer sobre la vida de otros. Sin embargo, nunca lograrás este cometido que sólo Dios mismo ha establecido bajo sus mandamientos. Necesitamos en primer lugar renunciar a nuestra soberbia y a los estándares de nuestra cultura que tolera la discriminación, las burlas, el acoso, el abuso, el desprecio, el sarcasmo e hipocresía.

El problema es haber comprado el concepto de la psicología, psiquiatría y neurobiología según el cual caerle bien a las personas tiene que ver con las habilidades sociales que aprendemos y que por lo tanto, hay personas que “se ganan” caernos mal o que están condicionadas a caer mal si no cambian y entonces nos convencemos de que debido a sus acciones y actitudes no podemos modificar nuestra interacción con ellas.

Pero al creer en la gracia y en que hemos sido creados a imagen de Dios no podemos asumir este argumento. Deberíamos vivir la bendición de considerar a todos mayores a nosotros mismos, preciadas creaciones de Dios y aun con esto, imperfectos como nosotros, inmerecedores de todo por sus propios méritos, como nosotros; pero gracias a Jesús, objetos del amor de Dios y de la salvación en Cristo si se arrepienten, al igual que decimos haberlo hecho nosotros; y deberíamos recordar que ellos podrían conocer todo esto a través de nosotros quienes tenemos el propósito de dar testimonio de ese amor, esa gracia y ese poder que transforma vidas.

Al respecto, Pablo da en el clavo al mencionar nuestro egoísmo y orgullo como obstáculos para amarnos y por eso recomienda a los creyentes:

“No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie” (NTV) “No hagan nada por egoísmo o vanidad” (NVI) “No hagan nada por rivalidad ni orgullo” (PDT). Filipenses 2:3a

Lo que nos lleva a reconocer que nuestra mente y corazón alberga hostilidad por considerar la mayoría de las veces que nosotros podemos ser mejores de alguna forma.

Y enseguida se describe lo que nos corresponde hacer:

“Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes” (NTV) “Consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (NVI) “Cada uno considere a los demás como más importantes que sí mismo.” (PDT)         Filipenses 2:3b

Esto cambia por completo la perspectiva de nuestra posición y la de quienes viven a nuestro alrededor. ¿Bajo qué argumento podríamos decir que no merecen nuestro respeto, nuestra atención, nuestra respuesta amable o nuestras buenas obras?

Por si fuera poco, si decimos haber decidido creer y seguir a Jesús, la evidencia de que su Espíritu vive en nosotros es su Fruto: Gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad y mansedumbre (Gálatas 5:22-26), y se hace evidente cuando estamos cerca de nuestro prójimo, de aquel que es distinto a nosotros, a quien nos corresponde amar con el amor que hemos recibido aun cuando nos lastime; por lo tanto, el Fruto no puede ser racionado, como si el Fruto dependiera de la circunstancia en el que nos ubicamos.

¿Qué hacer con ellos?

Es cierto que somos llamados a reprender la maldad, y sobre todo a juzgar con el objetivo de que todos volvamos de nuestro pecado y restauremos nuestra comunión con Dios. Pero este cometido no interfiere con el hecho de que nos examinemos para observar si necesitamos arrepentirnos por ser nosotros quienes hemos pecado al dar lugar a nuestro orgullo, nuestra prepotencia, jactándonos de ser mejores que otros, lastimando sus corazones sin siquiera percatarnos. En ocasiones es tan sólo una mirada, lanzando un dardo a la identidad y sentimientos de otro; a veces el ignorar o descalificar su existencia.

En el caso de alguien que no ha creído en Jesús, nuestro primer objetivo es sin duda que conozca a Cristo, y si hubiera algo que cambiar dentro de sus actitudes y hábitos, Dios mismo le persuadirá y lo llevará al arrepentimiento incluso podrá usarnos para llevarle a la restauración. (Mateo 18:15). Pero es un hecho que el rechazo y evitar a quienes no nos agradan jamás ha sido ni será una forma de evangelismo ni discipulado.

Piénsalo, Jesús mismo se mantenía cerca de mujeres adúlteras, cobradores de impuestos corruptos, otras personas que lo seguían sólo por interés, hipócritas que lo buscaban por dinero. Personas “insoportables” bajo nuestros criterios. Y Él siempre nos da el mejor ejemplo, el único. Inclusive, si tomamos el caso de Jesús con los fariseos observamos que Él los enfrentó con su pecado, sin dejar crecer en su corazón alguna raíz de amargura o rencor hacia estas personas que se decían expertas en la ley. Ni siquiera deseó su mal, sino que señaló la verdad.

Si te preguntas qué hacer con aquellos que según tú “se han ganado ser odiados”, que prácticamente han buscado tu destrucción, entonces te comparto este texto, conocido y revelador además de contundente:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” Mateo 5:43-48 RVR 1960

Es mi oración que Dios te de discernimiento para saber qué es lo que en tu mente y corazón te impide reflejar su Fruto y que esas personas que te caen mal reciban de ti palabras de vida y que incluso aquellos a quienes odias sean usados  para que seas perfecto como tu Padre.

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jessJessica García Pacheco ha servido como líder de jóvenes en la Ciudad de México y Área Metropolitana y ha colaborado en la Asociación Bautista de Jóvenes del Centro en el área de Enseñanza y Difusión. Ha servido en diferentes proyectos en el ministerio juvenil desde hace más de 6 años. Estudió Ciencias de la Comunicación y actualmente se desarrolla en investigación en opinión pública.

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