La Biblia enseña que no debemos menospreciar a la mujer. Desgraciadamente, muchos mal llamados cristianos pretenden otorgar a la mujer un valor menor al del hombre, y algunos otros un valor mayor, distorsionando las Escrituras.

Mismo valor dentro de un orden

El Señor nos ha hecho iguales en dignidad al hombre y a la mujer. Nos creó a su imagen y semejanza (Génesis 1:26-27). Eso da un valor intrínseco a ambos sexos.

Toda la creación muestra un orden y la especie humana, compuesta por hombres y mujeres, no es la excepción (Efesios 5:22-33). Dicho orden no da un valor especial a un sexo por encima del otro.

Veamos: la mujer se sujeta al varón, y este a su vez se sujeta a Cristo, y el Hijo a su vez se sujeta al Padre. Si sumamos a los hijos a la ecuación, ellos se sujetan a los padres. Dios provee un orden en las relaciones como ha dado orden a todo lo creado. Ninguno vale más que el otro.

La diferencia es de responsabilidades no en dignidad. De hecho, el hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su iglesia, frase con amplias y profundas implicaciones prácticas que se traducen en responsabilidades del varón para con la mujer. No significa que el hombre sea Cristo, sino que que ame a su esposa como Cristo amó a los suyos.

Lo que implica el orden de Dios

¿Por qué Dios establece un orden para la convivencia humana? En la pregunta se encuentra la respuesta. El orden es indispensable para la convivencia humana. Su propósito es desarrollar relaciones sanas.

Si todos quisiéramos gobernar no sería posible. Si todos quisiéramos dirigir, mandar, legislar, hacer cumplir la ley, imponer justicia o cobrar impuestos, en fin, ejercer el tipo de autoridad que se te ocurra, no podríamos. Debe existir un orden para que sean unos los que ejerzan tal o cual autoridad. Es por eso que es ridículo que los hijos le digan a los padres cómo educarlos.

La autoridad es delegada por Dios al ser humano para que impere el orden, la paz y la justicia. Si se abusa de la autoridad o no es ejercida se dará cuentas a Dios por ello. Lo que tienen en común quienes ostentan autoridad es que deben usarla para servir a los demás. El hombre debe usar su autoridad con su esposa para servirle al amarla, cuidarla y proveerle, entre muchas otras expresiones del servicio.

Cuando el hombre y la mujer compiten por poder en su relación hay pecado. El hombre corrompido interpretará esto como el pretexto que necesita para abusar de su esposa. Insisto, la responsabilidad del hombre es ejercer su autoridad al servir a su familia, pero el pecado distorsiona el orden y lo convierte en ambición de poder para que el hombre imponga su voluntad haciendo a un lado la de Dios.

El pecado distorsiona la creación de Dios

Cuando los hombres hacemos lo malo distorsionamos la dignidad de la mujer para darle menos valor, abusar de ella y humillarla. Eso no es ejercer autoridad, no es vivir en orden.

En un entorno en el que el hombre se sujeta a Cristo haciéndole su cabeza o autoridad existe la garantía de que servirá a su mujer y a su familia amorosa y sacrificialmente. La iglesia debe asegurarse que los hombres se sujetan a Cristo, por el bien de las familias que la integran. Es en ese contexto en el que se le instruye a la mujer sujetarse a su marido.

Es así como podemos entender que el pecado rompa con ese orden. Por ejemplo, si el varón es orgulloso, para empezar rehuirá al Pacto Matrimonial y procurará vivir con la mujer pero evitará comprometerse con ella ––y su familia–– al rechazar casarse. No hablo de cambiar el estado civil, sino de demostrar su amor y servicio al hacer un compromiso con Dios y la otra persona.

Con la mentira, la soberbia, la falta de perdón o rencor, el odio, los pleitos o la inmoralidad sexual en sus múltiples expresiones, el pecado de uno y otro tendrán consecuencias que sufrirán, en lugar de disfrutar los beneficios.

Dar honor a la mujer

Dios conoce a su creación. En sus mandamientos es la mujer a la que busca proteger de los abusos del hombre.

Al mandarle sujetarse a Cristo, el Señor procura transformar el corazón y mente egoístas del varón para que sirva a su esposa sin trabas, en orden y de forma saludable para ambas partes. El apóstol Pedro en su primera epístola hace una petición sin igual a los de su género:

Ustedes, maridos, de la misma manera vivan con ellas con comprensión, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que las oraciones de ustedes no sean estorbadas. 1 Pedro 3 (RVA-2015)

En otra versión dice que vivamos con ellas “sabiamente”. Y claro, perder de vista que Dios nos ha dado una responsabilidad y un privilegio para con la mujer producirá pecado. Pedro nos dice de manera muy original que el varón no debe aprovecharse de su fuerza física.

Asimismo, nos recuerda que la mujer heredará, junto con el hombre, las promesas para aquellos que creen en Jesucristo. No hay desventaja para ellas porque son tan hijas de Dios como ellos y es razón suficiente para que reciban honra de parte de los varones.

Conclusión

Ellas y nosotros estamos llamados a ser uno con Cristo… ¡esto es muy superior a la llamada igualdad de derechos! El Señor no es ni machista ni feminista, esas son consignas con las que queremos forzar el evangelio para que diga lo que pensamos. Si decimos lo que Dios dice viviremos en armonía, dignidad y orden. Es el pecado el que nos distorsiona.

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Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona a reconciliarse con Dios y con su prójimo. Es autor del éxito del librería “La Iglesia Útil”, entre otros libros.
Encuentra más sobre estos temas en su libro de Restauración de Relaciones “Amar como a mí mismo“. También está disponible el libro de Restauración Personal “40 días en el desierto” y de Restauración de Iglesias “La Iglesia Útil“.

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