Estar juntos en un sitio no es tener unidad.

Cuando hablamos con iglesias como ministerio de restauración nos transmiten diversas preocupaciones sobre lo difícil que es sujetarse a autoridades abusivas que practican el pecado, amar a creyentes necios que no se sujetan a nadie, perdonar a quienes se llaman ‘hermanos’ pero insisten en ofender, así como sobrellevar a quienes critican y no colaboran, entre muchas otras situaciones más.

Por lo general, los creyentes buscamos unidad en la forma y no en el fondo.

Nos preocupa que los hermanos de nuestra preferencia estén ocupando cargos clave en la congregación, que el predicador hable de los temas que otras personas necesitan escuchar, que quienes no piensan como yo se conviertan a nuestras opiniones, que las actividades se realicen como queremos, que las alabanzas que se entonan sean las de nuestra predilección (aunque contengan herejías y no lo sepamos), que la gente use prendas según nuestros estándares del buen vestir, llevar gente al templo para ser más y cosas similares a estas.

La falsa unidad

La descrita es una falsa idea de la unidad. Si todos opinamos exactamente igual y deseamos lo mismo, entonces estamos unidos, creemos. Esa supuesta unidad no reside en Cristo.

Cuando nos ocupe lo que ocupó al Señor, cuando hablemos sus palabras, cuando venzamos la tentación como lo hizo él, cuando amemos a quienes nos escupan en la cara como él los amó, cuando perdonemos como él perdonó, cuando obedezcamos la voluntad del Padre tal como lo hizo al decir –hágase tu voluntad, no la mía–, vivamos por la verdad como lo hizo, entonces habrá unidad en Su Iglesia, pues seremos como el Señor.

¿Quieres que todos piensen igual? Debemos tener la mente de Cristo, no pensar como el pastor o el líder en turno ni como tú ni como yo. ¿Queremos unidad? Preocupémonos y ocupémonos de que cada uno estemos en comunión con Dios.

Nuestras actividades muchas veces fomentan estar en un mismo sitio, no como un cuerpo en el que su cabeza es Cristo, sino reuniendo personas que buscan comportarse como muchas cabezas.

La verdadera unidad

En un cuerpo sus miembros no dirigen, sino que son dirigidos por la cabeza.

En la iglesia, la comunión con el Padre y el Hijo nos une al llamar pecado a lo que el Señor llama pecado y bueno a lo que llama bueno. En lugar de todos abrazar la verdad establecida por el Señor, queremos imponer nuestras propias supuestas verdades, aunque terminan siendo muchas mentiras.

Dios ha revelado su voluntad, lo que él aprueba y lo que reprueba. La iglesia, al sujetarse a ella, encuentra unidad. Por eso, a pesar de tener diversas personalidades y gustos, en Cristo estamos unidos.

Es por ello que todos nos sometemos unos a otros en el temor de Dios (Efesios 5:21), pensamos con moderación sobre nosotros mismos para no tener un concepto más alto del que deberíamos (Romanos 12:3), compartimos nuestra vocación como iglesia (Efesios 4:1-6) tenemos un propósito en común de predicar el evangelio y hacer discípulos (Mateo 28:19-20; Juan 17:3), y sobre todo, somos uno porque hemos abandonado nuestro pecado (2 Timoteo 2:19).

Renunciemos a nosotros y unámonos a la cabeza

Los legos son una estupenda ilustración para mostrar el daño que sufre la iglesia al procurar estar juntos y no unidos. Juntos somos muchos, pero ni nosotros ni el mundo somos edificados.

Cuando los discípulos de Jesús estamos unidos, construimos iglesia, y el mundo puede conocer en este milagro al Señor y que somos sus seguidores, transformados por el poder de Dios, para que el mundo pueda creer (Juan 8:31; 13:35).

Si tu iglesia necesita restauración, escribe a contacto@restauraministerios.org y permítenos servirte.

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Juan 17:20-21 (RVR1960)

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Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona a reconciliarse con Dios y con su prójimo.
Encuentra más sobre estos temas en sus libros sobre Restauración: 40 días en el desierto, Amar como a mí mismo y La Iglesia Útil.

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