Creemos cambiar y, para lograrlo (por lo menos en nuestra percepción), adquirimos nuevas aficiones, viajamos a lugares diferentes, nos fijamos nuevas metas y hasta nos mudamos de lugar de residencia. Todos ellos son cambios superficiales.

En el fondo, seguimos siendo los mismos, con nuevas intenciones. No importa si adoptamos una religión o entramos a cosas como la kabbalah, es cosa de tiempo para que salga, nuevamente, nuestro verdadero yo. Mismos vicios, mismas ideas, mismos errores, mismos miedos, mismas mentiras. Si nos damos un poco de crédito, es cierto, algunas cosas serán diferentes en nosotros, pero no seremos muy diferentes al continuar cojeando de las mismas debilidades. Generalmente, nada más cambiamos de obsesiones.

Deseamos cambiar haciendo ejercicio, cambiando de dieta, de trabajo o de vida, creyendo en Dios, practicando rituales religiosos como orar, leer un libro sagrado o de un gurú espiritual y participando en reuniones periódicas con otros que creen lo mismo. Todo eso puede ayudar, y aunque generará una sensación de renovación, el cambio seguirá siendo superficial.

El verdadero problema es nuestra esclavitud hacia nuestra maldad. No podemos ser libres por nuestros propios esfuerzos y no lo seremos si no confiamos en que Dios es quien puede hacerlo. Algunos son tan soberbios que se creen “buenos” y “justos”, pero están tan atados a su amor propio que no pueden ver su realidad.

Podemos creernos buenos, pero viviríamos engañados. Según la Biblia, todos hacemos lo malo, sin excepción y es la consecuencia de negar la existencia de Dios.

“Desde el cielo, observa el Señor a la humanidad, para ver si hay alguien con sabiduría, que busque a Dios. Pero todos se han desviado; todos a una se han corrompido. No hay nadie que haga el bien; ¡ni siquiera hay uno solo!” Salmos 14:2-3 (RVC)

La Consejería Bíblica parte de la Verdad para hacer ver al ser humano su pecado, no bajo nuestros parámetros, sino según los de Dios, pues no podemos valorar nuestra propia justicia. Acércate a un consejero bíblico para saber cómo Dios cambia lo malo que hay en ti, sin dejar de ser tú, y así empezar de nuevo.

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