Cómo conciliar la obediencia con que la salvación no sea por obras.

Lo primero que debemos comprender es que Dios manda a sus hijos guardar sus mandamientos.  Debo dejar claro quiénes son hijos de Dios. Son personas en quienes ha puesto su naturaleza para redimirlos, salvarlos de la condenación del pecado, darles libertad del pecado y darles vida eterna para adorarle. La Biblia dice:

Todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. 10 En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, ni ama a su hermano, tampoco es de Dios. 1 Juan 3

Entonces, los hijos de Dios son espirituales porque comparten Su naturaleza, por lo cual hacen justicia y practican el amor, como Dios (aunque aún no al 100%); y por el contrario, los que son de naturaleza carnal, quienes practican el pecado y siguen esclavizados a él, son hijos del diablo. Esto puede corroborarse en Romanos 8:1-14.

Asimismo, en numerosos textos bíblicos del Nuevo Testamento se nos dice que debemos guardar los mandamientos de Dios, como en Mateo 5:17-48, Juan 14:15 y 24, 15:9-10, 1 Juan 2:4-7 y 3:23-24, por citar algunos. Es en Romanos donde comprendemos que “la ley es santa y el mandamiento es santo, justo y bueno”, es decir, refleja la voluntad divina (Romanos 7:12).

Es la naturaleza pecaminosa humana la que se opone a Dios, porque cuando hacemos lo malo demostramos que los mandamientos de Dios son para bien y para vida, no solo para nosotros, sino también para la comunidad. En otras palabras, como explicó Pablo, por medio de los mandamientos descubrimos que el mal está en nosotros, que somos malos.

Servimos a la ley del pecado o a los mandamientos de Dios

La ley de Dios me ayuda a darme cuenta que somos pecadores y que merecemos la muerte, por lo tanto, demuestra nuestra necesidad de salvación de nuestros pecados. Esto es porque nuestras vidas obedecen al pecado como una ley grabada en nuestros cuerpos, y la fe en Cristo nos da la posibilidad de ser salvados por él y recibir libertad de esa ley de muerte, con el propósito de que no muramos.

¿Para qué es esa libertad? Siendo libres de la esclavitud al pecado podemos servir a Dios al hacer su voluntad. Como lees, o servimos al pecado o a Dios. Examina esta verdad y compruébala en tu vida.

21 Entonces, aunque quiero hacer el bien, descubro esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque, según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero encuentro que hay otra ley en mis miembros, la cual se rebela contra la ley de mi mente y me tiene cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.24 ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Doy gracias a Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que yo mismo, con la mente, sirvo a la ley de Dios, pero con la naturaleza humana sirvo a la ley del pecado. Romanos 7

Pero ya no tenemos que conformarnos con servir a la ley de Dios solo con la mente, ahora también podemos hacerlo de forma plena mediante la nueva naturaleza dada a los hijos de Dios, que son quienes están unidos a Cristo. ¿Cómo sabemos si estamos unidos a él? Porque no hacemos las obras de la carne, sino las del Espíritu (Romanos 8:1).

Porque los que siguen los pasos de la carne fijan su atención en lo que es de la carne, pero los que son del Espíritu, la fijan en lo que es del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Las intenciones de la carne llevan a la enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; además, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no viven según las intenciones de la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está en verdad muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús vive en ustedes, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que vive en ustedes. 12 Así que, hermanos, tenemos una deuda pendiente, pero no es la de vivir en conformidad con la carne, 13 porque si ustedes viven en conformidad con la carne, morirán; pero si dan muerte a las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán. Romanos 8

A eso se refiere Jesús cuando le dijo a Nicodemo que debía nacer de nuevo (Juan 3).

Si la salvación es por fe, ¿por qué debo guardar los mandamientos?

Efectivamente, la salvación es por fe, dice la Biblia, para que nadie presuma habérsela ganado (Efesios 2:8-9). Si no fuera así, el cielo sería algo así como la hoguera de las vanidades y todos hablaríamos de todas las obras buenas que nos hicieron llegar ahí. Me parece que así tendría más parecido con el infierno.

Aquí debemos distinguir cómo somos salvados por medio de los méritos de Cristo, no los nuestros, y PARA QUÉ o con qué PROPÓSITO somos salvados, y eso lo dijo el apóstol Pablo enseguida del texto mencionado:

Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios;ni es resultado de las obras, para que nadie se vanaglorie. 10 Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con ellas. Efesios 2

De manera que la salvación es para librarnos de la ley del pecado para, en adelante, servir a Dios. Como el pecado está en nosotros y somos esclavos de él por nuestra naturaleza carnal, quien cree en el sacrificio de Cristo para expiación de su pecado, ha muerto con Cristo para levantarse a una nueva vida. Esa nueva vida implica la acción del poder de Dios en sus hijos para que vivamos libres del poder del pecado y así podamos obedecer sus mandamientos.

11 Así también ustedes, considérense muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor. 12 Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni lo obedezcan en sus malos deseos. 13 Tampoco presenten sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y presenten sus miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14 El pecado ya no tendrá poder sobre ustedes, pues ya no están bajo la ley sino bajo la gracia. Romanos 6

Las obras del hijo de Dios ya no son las mismas obras que cuando vivía esclavizado al pecado. La gracia no es licencia para pecar alegando salvación, porque si fuera así la salvación de aquella persona sería inexistente o imaginaria. Nadie puede decir: –Jesús pagó por mis pecados, ahora pecaré sin remordimiento porque ya soy salvo–. Al contrario, porque Jesús ha pagado por nuestros pecados, ahora SÍ podemos servir a Dios con nuestra mente y cuerpo, porque antes no podíamos. Antes solo podía presentar mi cuerpo como instrumento de maldad, ahora puedo usarlo como instrumento de justicia.

15 ¿Entonces, qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera! 16 ¿Acaso no saben ustedes que, si se someten a alguien para obedecerlo como esclavos, se hacen esclavos de aquel a quien obedecen, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia? Romanos 6

Por esta razón nadie puede tener en Jesucristo su Salvador si no lo hace primero su Señor. Esto significa verdaderamente creer el evangelio de Cristo. Por lo tanto, guardar los mandamientos de Dios no salva, es el fruto que acompaña a los hijos de Dios, pues esa es ahora su naturaleza.

¿A qué mandamientos se refiere?

Si el Señor o los apóstoles se refieren a la ley de Moisés , ¿por qué se dice que Abraham fue obediente a su ley (Génesis 26:4-5) si faltaban siglos para que la ley fuera dada a Israel? ¿A qué ley se refiere?

El espíritu de la ley del Señor siempre ha sido que le amemos con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas y amar al prójimo como a nosotros mismos, así como establecer que la paga del pecado es muerte y que el justo vivirá por la fe, tal como Abraham y todos los santos lo hicieron antes y después de la ley dada a Israel (Romanos 4).

Dicha ley, también llamada “de Moisés” (no porque sea del profeta, sino porque el Señor la dio al pueblo por medio de él) refleja el carácter del Dios Santo y Justo que aborrece y castiga el pecado porque la maldad destruye su comunión con el ser humano. Por ello también indica cuál es el comportamiento justo y amoroso que se espera del ser humano, pues la justicia y el bien le unen con su Creador y cultivan una relación plena con su prójimo.

El salmista reconocía estas cosas y sabía que era posible conocer a Dios a través de su ley eterna (la ley de Israel no es eterna pues contiene rituales y ceremonias que ya no tienen vigencia), por lo cual dijo (todo el salmo tiene la misma tónica):

Dichosos los de conducta perfecta,
los que siguen las enseñanzas del Señor.
Dichosos los que cumplen sus testimonios,
y lo buscan de todo corazón.
Ellos no cometen ninguna maldad,
porque van por los caminos del Señor.
Tú, Señor, has ordenado
que se cumplan bien tus mandamientos.
¡Cómo quisiera ordenar mis caminos
para cumplir con tus estatutos!
Así no sentiría yo vergüenza
de atender a todos tus mandamientos.
Te alabaré con un corazón sincero
cuando haya aprendido tus justas sentencias.
Quiero obedecer tus estatutos;
¡no me abandones del todo!

¿Cómo puede el joven limpiar su camino?

¡Obedeciendo tu palabra!
10 Yo te he buscado de todo corazón;
¡no dejes que me aparte de tus mandamientos!
11 En mi corazón he atesorado tus palabras,
para no pecar contra ti. Salmo 119

Por eso Jesús no vino a abolir la ley de Dios. De hecho, pareciera que puso el estándar de obediencia y santidad mucho más alto. Cuando cita la ley de Moisés con frases como “ustedes han oído” y las acompaña de otras como “pero yo les digo” (Mateo 5), Jesús no solo reveló más claramente el carácter del Padre, sino que nos enseñó cómo opera el pecado en nuestras mentes y corazones, mostrándonos nuestra culpabilidad y naturaleza pecaminosa: el problema está en mí.

Las intenciones de la mente y el corazón humanos quedaron expuestas cuando enseñó sobre la venganza, la ira, el adulterio y el divorcio, por ejemplo, y nos mostró que el amor y la oración por lo enemigos, la reconciliación y la santidad en algo tan sagrado como el matrimonio constituyen el comportamiento de un hijo de Dios. Por eso dijo sobre la obediencia:

20 Yo les digo que, si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y los fariseos, ustedes no entrarán en el reino de los cielos. Mateo 5

Entonces, ¿qué hay de la ley de Moisés y su cumplimiento actual?

El apóstol Pablo escribió sobre la ley dada a Israel:

10 Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues está escrito: «Maldito sea todo aquel que no se mantenga firme en todas las cosas escritas en el libro de la ley, y las haga.» 11 Y es evidente que por la ley ninguno se justifica para con Dios, porque «El justo por la fe vivirá»; 12 y la ley no es de fe, sino que dice: «El que haga estas cosas vivirá por ellas.» 13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), 14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abrahán alcanzara a los no judíos, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu. Gálatas 3

Y sobre la necesidad de que Dios diera la ley de Moisés dijo:

19 Entonces, ¿para qué sirve la ley? Pues fue añadida por causa de las transgresiones, hasta que viniera la simiente, a quien fue hecha la promesa… Gálatas 3

Esto es, que la ley procuraba contener la depravación por el pecado en tanto viniera Cristo y recibiéramos la promesa del Espíritu, mediante el cual, ya hechos justos ante Dios por los méritos de Jesús, podamos vivir en el Espíritu al recibir una nueva naturaleza espiritual de parte de Dios que nos ayuda y permite obedecerle al guardar sus mandamientos. Es un nuevo pacto sobre el mismo fundamento:

21 ¿Contradice la ley a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera! Porque, si la ley dada pudiera dar vida, la justicia sería verdaderamente por la ley. 22 Pero la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuera dada a los creyentes. 23 Pero antes de que viniera la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. 24 De manera que la ley ha sido nuestro tutor, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe. 25 Pero al venir la fe, no estamos ya al cuidado de un tutor, 26 pues todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 27 Porque todos ustedes, los que han sido bautizados en Cristo, están revestidos de Cristo. 28 Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, sino que todos ustedes son uno en Cristo Jesús. 29 Y si ustedes son de Cristo, ciertamente son linaje de Abrahán y, según la promesa, herederos. 4 Pero digo también: Mientras el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo, sólo que está bajo tutores y guardianes hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños, vivíamos en esclavitud y sujetos a los principios básicos del mundo. Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer y sujeto a la ley, para que redimiera a los que estaban sujetos a la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también eres heredero de Dios por medio de Cristo. Gálatas 3:21-29 y 4:1-7

La presencia del Espíritu en nuestras vidas no se limita a ser salvos de la condenación del pecado, también implica convertirnos en hijos de Dios para hacer la voluntad de nuestro Padre. ¿Y cómo la haremos sin el poder para lograrlo? El Espíritu, al revestirnos de Cristo, hace posible que le imitemos.

Pablo pidió a los Gálatas, a quienes explicaba lo anterior, que no se sometieran a la ley judía que era sombra de lo que había de venir, en cuanto a circuncisión, celebración de fiestas y días de guardar (Galatas 4:8-11). Que el hijo de Dios ya no se someta a la ley no significa que ahora pueda hacer lo que quiera y desee, dejándose dominar por su carne, sino que debido a su naturaleza nacida del Espíritu ya no desea el pecado, como antes, y ahora ama los mandamientos de Dios y puede guardarlos.

Ustedes, los que por la ley se justifican, se han desligado de Cristo; han caído de la gracia.

…y también:

16 Digo, pues: Vivan según el Espíritu, y no satisfagan los deseos de la carne.17 Porque el deseo de la carne se opone al Espíritu, y el del Espíritu se opone a la carne; y éstos se oponen entre sí para que ustedes no hagan lo que quisieran hacer. 18 Pero si ustedes son guiados por el Espíritu, no están ya sujetos a la ley. Gálatas 5

La ley es necesaria para condenar al pecador con el propósito de evitar que abunde el pecado, pero quien ahora tiene libertad del pecado para no pecar puede elegir hacer la voluntad de su Dios y Padre. Tal persona ya no necesita vivir bajo la ley porque vive haciendo justicia y bien, y si llegare a pecar (no deliberada y obstinadamente) encontrará justificación, perdón y restauración para continuar en su santificación, hasta que Cristo regrese por su iglesia.

En conclusión

Serás salvo si tienes fe. Dios ya sabe quién tiene fe y quién no porque él la da a quien quiere cuando quiere, pero la única manera de que tú averigües es examinarte y ver cuáles son tus obras. Si haces las obras de Dios sabes que eres hechura suya, porque imitas a Cristo. No procures cambiar por ti mismo, lo importante aquí es creer, anhelando la voluntad de Dios, y él hará lo que no puedes hacer.

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Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona a reconciliarse con Dios y con su prójimo. Fue periodista y es autor de los libros de Restauración “40 días en el desierto“, “Amar como a mí mismo” y “La Iglesia Útil“.

 

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