Muchos creyentes no buscan a Dios, buscan su propio milagro.

No todos los que se dicen creyentes lo son, ni todas las que se dicen iglesias lo son. El ser humano es idólatra por naturaleza y, aunque aparentemente busca a Dios, podría estar buscando lo que Dios da, no a él.

Muchas iglesias de miles de miembros se llenan cada domingo por la promesa de recibir de parte de Dios riquezas, propiedades, amor, en fin, todo lo que suene a prosperidad. Tienen la intención de usar a Dios para sus propios propósitos, vanidades y ambiciones.

Dicen poner en las manos de Dios sus proyectos, sueños y obsesiones para él “se las cumpla”, como si la existencia de Dios tuviera como fin llevar a cabo nuestros anhelos. ¿No deberíamos decir como Jesús “hágase tu voluntad en la tierra, así como en el cielo”? Pero queremos que Dios haga nuestra voluntad, no tenemos la intención de hacer la suya.

Es por eso que hay tantos cazadores de milagros. Quieren a Dios para que les haga su milagro. Una vez que consigan lo que quieren, se olvidarán de Dios. A veces, Dios nos concede lo que deseamos, como aquellos 10 leprosos que Jesús sanó. Una vez, limpios de la lepra, fueron a hacer sus vidas y sólo dos de ellos regresaron a buscar al Señor a agradecerle. Quizá a seguirle.

Por eso, cuando Jesucristo hablaba de los últimos tiempos, explicaba que aparecerían falsos Cristos y falsos maestros que harían grandes señales y prodigios para engañar hasta a los escogidos. Claro, muchos vamos detrás de las señales y los prodigios, no de Dios.

“Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos”, Mateo 24:24 (RVR1960)

señal milagrosa

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