¿Qué te enseñó la vida de la persona que amas que ya no está?

Realmente me siento agradecida por todas aquellas personas que han pasado por mi vida y me han enseñado algo, empezando por mis padres y mis abuelos. ¡Vaya si tengo acumuladas toneladas de sabiduría y memorias fijadas de cosas que absorbí sólo mirándolos vivir!

Tuve excelentes profesores y me tocó crecer con un pastor que además era un maestro extraordinario, Rolando Gutiérrez-Cortés (busca su biografía en Wikipedia para que sepas el tamaño de maestro del que hablo). Marcó mi vida no sólo porque era una eminencia en teología, en filosofía y en lenguas, además era un hombre que olía a amor. Al final del servicio hacíamos fila para darle un abrazo porque era necesario y sembró en mi generación una pasión por estudiar que es irremediable. Lo cito con frecuencia. Él decía: “Se lee para aprender, se discute para ser sagaz, se escribe para ser exacto”. Y mira lo sigo haciendo.

Por otro lado tuve el privilegio de ser enseñada en la vida práctica 24/7 por 24 años por Hiram Ramirez Caba, quien ahora está con el Señor y por cuya causa escribo esta serie de artículos. Él me enseñó a convertir la fe en algo que fluyera por todo mi ser, comenzando por mis actitudes. Ese hombre, debido a su nivel de integridad, no me dejaba quedarme en mi zona de confort cuando de carácter se trataba. Era además compasivo, paciente para escuchar y sabio. Descubrí que eso no era algo que aparece naturalmente. Es algo que se aprende levantándote todos los días a las 6:00 AM para orar y estudiar la Biblia disciplinadamente.

Al principio de nuestro matrimonio me sentía verdaderamente intimidada cuando descubrí que antes de hacer cualquier otra cosa en el día ese hombre se levantaba temprano para buscar a Dios porque lo necesitaba. Nunca me juzgó ni me hizo sentir avergonzada porque yo no tuviera ese hábito, pero me modeló bien y eso hacen los buenos maestros. A veces me invitaba, pero yo no soy de la mañana. Me tomó mucho tiempo aprender esa disciplina. Nunca lo logré de madrugada, pero ya no puedo pasar un día sin sentarme a estudiar la Biblia y orar, no porque tenga que cumplir con un ritual sino por pura necesidad.

Además aprendí humildad en un mundo que busca reconocimiento y plataformas, palmadas y visibilidad. Siempre se mantuvo en bajo perfil. Se alejaba del reflector y dejaba que otros brillara. No le interesaba tener una mega iglesia y se dedicó a entrenar líderes que salieran con equipos a plantar iglesias, lo que para él significaba tener que volver a empezar cada vez, un proceso agotador y desgastante. Prefería que la gente lo llamara por su nombre y evadía el título de pastor, no porque no amara lo que hacía, sino porque respetaba tanto la profesión que sabía que el título era mejor que se lo quedara Jesús. De cariño dejaba que algunos le dijeran “pas” porque lo hacía sentir más cómodo en su posición de entrenador.

Por 23 años me senté en primera fila para escucharlo predicar y, de verdad, yo era su fan número uno porque sabía cuánto había luchado con el pasaje en la semana para entregar algo desde el fondo de su corazón acerca de lo que Dios le había enseñado a veces con lágrimas. Y puedo ver el fruto: sus discípulos ahora están reproduciendo un modelo de amor y compasión que me tiene verdaderamente extasiada.

La santidad se convirtió en su lema: “escucha y obedece a Dios, esa es la fe verdadera, porque si no te expones a que te digan “no te conozco”. Repetía con un nudo en la garganta: “no me digas que amas a Dios y que crees en la Biblia si te la pasas recortándole a lo que te incomoda o no quieres hacer” y les explicaba a los que llegaban desesperados por consejería: “¡Chíspas! no necesitas consejero, necesitas obedecer a Dios, nada más”.

Pero los últimos tres años de su vida además aprendió y enseñó paciencia. La enfermedad te vuelve sensible, te enseña a sonreír por necesidad aunque estás molesto y cansado, y estoicamente decidió que iba a vivir el tiempo que le quedara plenamente y predicando hasta su último aliento. Se decidió a investigar si había cosas que perdonar para sanar su alma primero y así lo hizo. Si para sanar su cuerpo necesitaba dejar el azúcar que le encantaba y someterse a una dieta verdaderamente estricta se iba a esforzar. Sé que eso fue más difícil para él que para mí.

Este hombre me enseñó a confiar en Dios y en su provisión porque cuando el sobre del sueldo llegaba con 40% menos sólo decía: “nos dio de comer el mes pasado, ¿por qué no lo haría este mes? Me enseñó a meditar y a no precuparme porque era la única manera de que nuestras fuerzas se renovaran mientras luchábamos contra nuestro gigante.

Tenemos que aceptar que cuando somos buenos alumnos las enseñanzas de los buenos maestros se convierten en nuestro GPS. Sin duda nos susurrarán las instrucciones y usualmente nos hablarán justo antes de que nos extraviemos o su penetrante mirada nos obligará a redireccionar. Eso hacía Hiram cuando me echaba “la mirada”. La muerte me ha enseñado mucho estos cuatro meses. No es una maestra delicada, es completamente brutal, gritona y no muestra compasión alguna a mis debilidades. Me restriega en la cara lo que debería saber y no he aprendido. Es que es una clase avanzada que espera y exige más de lo que nadie me había pedido, y es más dura porque algunos que no han cursado la clase pretenden convertirse en sinodales sin siquiera tener título de suficiencia.

La ventaja sobre esta maestra cruel son las otras materias que estoy cursando con mi Maestro favorito. Este me enseña, mientras modela. Cuando me enfrento a los enemigos me dice que ore por ellos así: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. Cuando siento que la prueba es inmensa y no hay forma que la pueda pasar se sienta en mi pupitre y me explica: “cierra los ojos y arrodíllate”. Entonces dices: “Padre si es posible pasa de mí esta copa, pero no se haga como yo quiero, sino como tú quieres”. Cuando quiero dejar la clase, me dice: “toma asiento y escucha este es el plan. El que persevera hasta el fin será salvo. Esto es un maratón, no una carrera corta. No se renuncia, se resiste”.

Cuando la tristeza invade mi garganta y mis entrañas, entonces dulcemente me da la respuesta del examen final: “porque yo vivo, también vivirás. Los muertos en Cristo resucitarán primero. No olvides que esta clase sí tiene recreo y te va a encantar”. Su escuela es maravillosa, difícil, estimulante y transformadora, y si no pasas de noche las asignaturas importantes podrás ver la luz aún en los valles más difíciles. En las temporadas más complejas, en los años de entrenamiento más intenso, descubrirás que tienes las herramientas para sacar 10. Mi Maestro dice que la matrícula siempre está abierta.

“Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.

Marcos 6: 34

Catalina Gomez Fonseca fue esposa del pastor Hiram Ramírez, quien el 2 de enero de 2019 descansa esperando el día glorioso de la resurrección. Tuvieron 3 hijos que educaron en casa. Viven en Puebla, México. Desde hace 21 años ha servido en la Iglesia Bíblica El Camino. Es diseñadora gráfica de profesión, lingüista por hobby, maestra por vocación, apasionada estudiante de la Escritura y los idiomas bíblicos, canta desde los 9 años y está convencida de que la Biblia contiene respuesta a todas las preguntas de la vida. Es coautora del Blog Hijos de Abraham, un espacio de provocativa reflexión bíblica.

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