¿Por qué creer en un Dios que no nos libra del dolor?

Hoy se cumplen tres meses de la partida de mi esposo Hiram Ramirez Caba y mañana de la inesperada partida de mi cuñado Paco Macías De Gisela. En este punto de mi historia todavía no tengo muchas respuestas, quizás, porque lo difícil es articular las preguntas: ¿por qué permite Dios el dolor? ¿por qué permite Dios la tragedia en nuestra vida?

Estas son preguntas muy difíciles, y si eres ateo seguro me dirás: ¿cómo puedes creer en un Dios de amor que permite que cosas tan horribles sucedan como que tu esposo se enfermara de leucemia y muriera súbitamente a una edad tan joven o que alguien que amas muriera en un terrible accidente de camino al funeral de tu esposo? ¿Cómo puedes seguir creyendo?

Mira llevémoslo al siguiente nivel si quieres. ¿Cómo permitió Dios que seis millones de judíos murieran en cámaras de gas? ¿Por qué permite Dios tanta violencia, secuestros, asesinatos? ¿Cómo puede un Dios de amor permitir terremotos que destruyen ciudades?

Cuando pienso en estas preguntas y aún escucho mis propias preguntas no hay respuestas sencillas. ¿Acaso el sufrimiento tiene significado? ¿Hay explicación al problema del dolor en el mundo? Para empezar depende de qué lado de la pregunta estés. Una cosa es observar el sufrimiento y otra estar sufriendo. No es lo mismo ser la esposa del enfermo de cáncer que ser el que está enfermo de leucemia. Por esta razón la respuesta no es sencilla, y tiene muchos matices.

Si no crees en Dios y dices que el sufrimiento es malo, la pregunta entonces es: ¿de dónde obtienes tu concepto de lo malo? El ateo, diría John Lennox, “sigue su ateísmo, elimina la moralidad y luego critica al cristianismo de ser malo y eso es absolutamente inconsistente”. Sin Dios no tienes ningún argumento moral para decir que algo es bueno o malo, porque somos sólo un accidente y la naturaleza hace lo que la naturaleza hace. Y puedes racionalizar el problema desde la perspectiva atea, pero el sufrimiento no se va. Mi esposo murió y mis hijos se quedaron huérfanos. No sólo no has resuelto el problema del sufrimiento sino que además eliminaste la esperanza. Mis queridos ateos, lo siento pero su filosofía apesta, porque carece de cualquier expectativa.

Y yo, yo sigo creyendo en Dios. Yo tengo esperanza. ¿Por qué? Primero, porque si somos criaturas de Dios, creados a su imagen y semejanza, entonces estamos cableados con el axioma de la moralidad, justicia, bueno y malo, y por eso podemos decir con toda convicción que el dolor existe, pero también la esperanza. Además tengo un Dios compasivo y este es el corazón de la fe que practico: que este Dios envió a su propio Hijo a morir en la cruz para pagar la deuda del hombre.

¿Qué está haciendo el Hijo de Dios en la cruz? Además de todas las implicaciones teológicas y proféticas de este hecho se encuentra la realidad de que este Dios se encarnó y no está distante flotando en el universo. Este Dios entiende lo que es el sufrimiento, la pérdida, la traición, el dolor físico, el dolor mental y que no sólo lo entiende, sino que se hizo parte de los que sufren en este mundo. Ya eso podría parecer magnífico, pero no es suficiente porque muchos sufrieron la misma muerte cruel. Lo que dice el resto de la historia es que se levantó de entre los muertos para darme esperanza y que si confío en él me dará paz. Y aclara que no me quitará el dolor porque en este mundo hay aflicción, pero que está más interesado en convertir mi circunstancia adversa en una oportunidad para que yo y muchos otros experimenten paz sobrenatural y no me dejará sola.

Esto es lo que anhela mi alma y estoy segura también que tu alma lo desea: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas…” (Apocalipsis 21: 4-5)

Esta es mi esperanza que un día no habrá más pérdida. Ni una sola lágrima volverá a brotar de mi alma ni de mis ojos. No volveré a gemir de dolor por las noches y nunca más veré la enfermedad ni la tragedia atravesarse en mi camino.

Mi aflicción no durará para siempre y además este dolor está haciendo algo en mi corazón. Lo está transformando en una fuente de empatía y compasión por aquellos que atraviesan situaciones similares, ahora y el resto de mi vida. Este Dios está presente en el pasado y en el futuro, y aquellos que tenemos esperanza estamos esperando todo nuevo, sin importar lo grande de mi dolor no durará para siempre, no sólo voy a sobrevivir, sino que mi dolor va a producir algo.

Pablo, quien experimentó rechazo, persecución, enfermedad, cárcel, azotes y naufragios escribió: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4: 16-18)

Cuando leo las palabras de Pablo: “leve tribulación”, pienso ¿El cáncer es una leve tribulación? ¿La muerte de mi esposo y la de mi cuñado amado es una leve tribulación? ¿Mi viudez y la de mi cuñada es una leve tribulación? ¿La pérdida de padre de nuestros 6 hijos es una leve tribulación? ¿El dolor de mi suegra, quien enviudó hace dos años y que ahora llora la muerte de su hijo y su yerno es una leve tribulación? Sí, es una leve tribulación porque la Biblia lo dice. No porque Dios no entienda el dolor; lo entiende. Él vio a su Hijo morir en una cruz. Jesús entendió el sufrimiento mejor de lo que la mayoría de nosotros jamás lo hará, así como entendió lo que es la traición de los amigos. Él entiende y dice que todos mis sufrimientos son una “leve tribulación” si los comparo con lo que estoy esperando. Todo esto parecerá nada cuando llegue la hora en que todas las cosas sean nuevas.

Los ateos creen que Dios no existe. Los agnósticos creen que no debemos ni creer ni negar la existencia de Dios – porque es imposible probar una u otra cosa. Si me lo permites, quisiera proponerte la pregunta inversa ¿Por qué no creer en Dios?

R.C. Sproul es uno de mis autores preferidos. Cuando le preguntaron por qué Dios permite que le pasen cosas malas a personas buenas él dijo: “Bueno, eso sólo ha pasado una vez y él se ofreció voluntariamente.” Y mi autor favorito, C.S. Lewis, escribió después de ver morir a su esposa de cáncer: “El dolor persiste y reclama atención. Dios nos susurra cuando nos alegramos, pero nos grita en las penas. Son el megáfono que usa para despertar a un mundo sordo”.

Hoy me la estoy pasando muy mal. No es un buen día. Los días 2 y 3 de cada mes me recuerdan ese horrendo inicio de año, pero estoy escuchando, estoy poniendo atención al megáfono de Dios.

No importa cuánto sepamos intelectualmente sobre el dolor y el sufrimiento. Ellos tienen una manera de entrar de golpe en nuestro centro y muestran de lo que estamos hechos de una manera que otras emociones no lo hacen. ¿Será posible que el dolor nos ayude a crecer aunque a veces resulte difícil verlo, inclusive en retrospectiva?

Parece que el dolor y el sufrimiento son inevitables; que no tenemos opción al respecto. Lo que controlamos es nuestra reacción, cómo lidiamos con el dolor y lo que hacemos con nuestra vivencia. La actitud correcta al enfrentar la adversidad es tener sumo gozo, lo cual no es una reacción emocional, si no una deliberada e inteligente evaluación de las circunstancias desde la perspectiva de Dios. Las pruebas son un medio, entonces, para el crecimiento.

Hoy yo no me gozo de la prueba ni del sufrimiento en sí mismo, sino de sus posibles frutos. Someter a prueba equivale a comprobar lo genuino de algo. Sirve como una disciplina para purgar la fe de sus impurezas, extirpando lo que es falso. La paciencia no es resignación pasiva ante circunstancias adversas, sino firmeza y valor que nos ayudan a resistir con valentía.

¿Qué decidirás hacer con tu dolor? Yo estoy decidiendo por la esperanza, un día a la vez, y susurro mientas oro: haz lo que tengas que hacer, ven y toma el control para que pueda vencer, aunque la prueba no la pueda entender haz lo que tengas que hacer.

Catalina Gomez Fonseca fue esposa del pastor Hiram Ramírez, quien el 2 de enero de 2019 descansa esperando el día glorioso de la resurrección. Tuvieron 3 hijos que educaron en casa. Viven en Puebla, México. Desde hace 21 años ha servido en la Iglesia Bíblica El Camino. Es diseñadora gráfica de profesión, lingüista por hobby, maestra por vocación, apasionada estudiante de la Escritura y los idiomas bíblicos, canta desde los 9 años y está convencida de que la Biblia contiene respuesta a todas las preguntas de la vida. Es coautora del Blog Hijos de Abraham, un espacio de provocativa reflexión bíblica.

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