Identifiquémonos con el sufrimiento del pecador para relacionarnos con otros como Cristo lo hizo.

Créditos de la imagen: SOPA Images/SIPA USA/PA Images

La creciente animadversión entre los cristianos y todo aquel que profesa la ideología de la autoperceción, el feminismo radical, el aborto y las filosofías del marxismo cultural que extrapolan al opresor y al oprimido en favor de una supuesta justicia social –que enfatiza las diferencias, no las desaparece– está haciendo caer a muchos en una religiosidad corrosiva. Las posturas se van radicalizando y, conscientemente o no, algunos cierran el reino de los cielos, no entrando ellos ni dejando entrar a los que intentan hacerlo.

No puede ser que quienes practican ciertos pecados pretendan condenar a quienes practican otros solo por ser diferentes. En ese sentido, debemos evitar también que, con la loable intención de oponernos a la mentira, terminemos haciéndonos enemigos de quienes las profesan. En todo caso, ellos mismos se harían enemigos de la verdad, mas la vocación de la Iglesia es extender hacia ellos la gracia que nosotros mismos hemos recibido en Jesucristo.

La respuesta nunca será decidir quién es digno de reconciliación con Dios y quién no: solo uno es digno y es quien busca reconciliarse con nosotros. En esta publicación meditemos en esto.

El enemigo no es el pecador, sino su esclavitud al pecado

Cada vez que radicalizamos las posturas el enemigo es el otro, el que no piensa como yo, el que no es de mi grupo, el diferente y sí, para muchos, el “pecador”. Y es ridículo que un pecador considere a otro pecador como indigno porque Jesús no enseña esto. En la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos, Jesús nos muestra la perspectiva de Dios. Ambos son indignos: uno lo reconoce, pero el otro se cree digno.

No podemos pensar que son irredimibles los que promueven el aborto o los que abortaron (hombres y mujeres) o los que practican la inmoralidad sexual o los que ridiculizan a Jesucristo para justificar sus pecados. Jesús murió para reconciliar con Dios a todos los pecadores. Vino por los rechazados, los marginados, los excluidos, lo necio y débil del mundo. Entre ellos habrá quienes se sepan indignos, aquellos que reconocen su pobreza, su necesidad de Dios, pero si ya los condenamos estaremos haciendo un mal tan grande como el que estamos condenando.

Mientras haya oportunidad para el arrepentimiento, hay esperanza para todos. Es el Espíritu el que convence de pecado aun al más necio pecador, tal como lo hizo con nosotros. Las iglesias debemos servir a la comunidad comprometidamente anunciando las buenas nuevas sin hacer acepción de personas por el pecado que practican. No es posible servir a quienes no amamos. No odiemos a nadie por su pecado; Jesús no nos dio ese ejemplo.

Relaciónate con el pecador, no con su pecado

Es ridículo tan solo pensar en que, para saber si nos relacionamos con alguien o no, necesitamos preguntarle qué pecado practica. Lo normal para un hijo de Dios es amar a su prójimo, practique el pecado que sea. El legalista, por el contrario, se relaciona con otros dependiendo del pecado que ellos practican. Si le parece que es un pecado horroroso evitará cualquier tipo de contacto, pero si es uno de esos pecados de los que no se habla, que no se notan aunque muchos los practiquen aparentando piedad y espiritualidad, con ellos no tendrá problema.

Es a través de las relaciones sinceras que el hijo de Dios tiende puentes con quienes no creen en el Señor, no para decirles cuán pecadores son, sino para demostrarles que Dios busca reconciliarse para dar vida, libertad y paz en Cristo. No hay otra manera de que otros vean el milagro del nuevo nacimiento; sin pasar tiempo con otros no es posible dar a conocer a Dios ni a Jesús; sin comer con ellos o sin actuar desinteresadamente en su favor no se puede testificar cómo el fruto del Espíritu guía nuestro carácter. Entonces, el pecado del pecador es lo de menos.

Llamemos al arrepentimiento al pecador, no lo condenemos

Algunos piensan que llamar al arrepentimiento es solo decirle a la gente que Dios reprueba su vida. Cuando nos relacionamos así con otros no les estamos dando esperanza. Solamente dibujamos un Dios airado, lejano, dispuesto a dar sentencia. Jesús no vino a condenar, dijo, sino a posibilitar que todos sean salvos al creer en él; por lo tanto, la iglesia tampoco puede hacerlo.

El evangelio de Jesús es reconciliación con el indigno para dignificarlo; es perdón de nuestra deuda impagable para quitar, a través de Jesús, los obstáculos existentes entre Dios y nosotros; es transformación por medio del poder de Dios para que todos, sin importar los pecados que practicábamos, tengamos comunión con él; es libertad del pecado para ser verdaderamente humanos y para disfrutar del propósito para el que fuimos creados, el cual es adorar a Dios y disfrutar plenamente de su persona.

Amemos al pecador viviendo en verdad y en justicia

Sí, amar la verdad no significa odiar al que dice mentira; odiar las injusticias no significa odiar al que las practica. Sin embargo, el gran reto de la Iglesia hoy es vivir en la verdad y practicar la justicia debido a que algunos cristianos están habituados a la doble vida, a la religiosidad, a la hipocresía, a la condenación del que practica pecados diferentes. Es una realidad que algunos han dejado de perseverar y otros, que creen ser cristianos, necesitan convertirse al Señor y experimentar por vez primera la vida nueva.

Eso es clave para ser una iglesia local que no solo dice amar la verdad y la justicia, sino que en realidad las practica al servir a la comunidad donde ha sido puesta. No recurrimos a conceptos de una ideología para ello, pues Cristo es nuestra referencia de verdad y justicia porque están personificadas en él. Una iglesia local que no imita a Cristo al no mostrar el fruto del Espíritu en sus vidas no puede predicar que el reino de los cielos se ha acercado porque llevará su propia agenda, no la del reino.

Una iglesia que vive en verdad y justicia, según el carácter de Dios, está preocupada y ocupada en ello. No podemos ser indiferentes al sufrimiento injusto, resultado de la explotación, la corrupción y las leyes injustas que afectan a los niños, a los padres, a las familias en favor de ideologías perversas. Los profetas de la Antigüedad fueron la boca de Dios denunciando las injusticias al pobre, a los huérfanos, a las viudas, al extranjero; seamos la voz de Dios hoy.

No tenemos que elegir entre amar al prójimo y ser fieles a Dios; servir al pecador y rechazar su pecado; convocar a la gente a reconciliarse con Dios y predicar el arrepentimiento de pecados.

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Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona e iglesia a reconciliarse con Dios y con su prójimo. También es autor del éxito de librería “La Iglesia Útil”, entre otros libros.
Encuentra más sobre estos temas en sus libros sobre Restauración: 40 días en el desiertoAmar como a mí mismo y La Iglesia Útil.

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