Reflexionemos en algunas implicaciones de la crucifixión de Jesús. 

En 20 años de ser cristiano he sido testigo de cómo muchas veces no honramos la cruz de Cristo. Sí, decimos creer que él fue crucificado por nuestros pecados, pero ¿eso cómo debe afectar nuestra vida?

Por muchos años yo mismo fui un creyente que, a sabiendas de que Jesús murió por mis pecados, continuaba practicándolos. Había sido mal enseñado. Me dijeron que no importaba cuánto pecara, Jesús ya había pagado por esas faltas. Eso era una “licencia para pecar”.

Después fui corregido y comprendí que creer que mis pecados llevaron a mi Salvador a la cruz para que yo no sufriera el castigo de la ira de Dios por ellos demanda una respuesta de mi parte: arrepentimiento. Honrar la cruz consiste en vivir para mi Señor, ya no para mí. Nuestra respuesta a la gracia que nos es dada es abandonar nuestras maldades, mientras que seguir practicándolas es despreciarla.

1. Jesús fue a la cruz para pagar nuestra deuda impagable

Así lo describe el Maestro en la parábola conocida como la de los dos deudores (Mateo 18:23-35). No hay nada que podamos hacer para obtener el perdón del Padre, por lo que el Hijo debió pagar nuestra sentencia: la muerte.

El apóstol Pablo explica que la muerte de Jesús en la cruz eliminó el acta de decretos en nuestra contra la cual había sido elaborada para que pagáramos por nuestras maldades que quebrantaron los mandamientos eternos de Dios. ¿Quién recibe este beneficio? Quien pone su fe en el evangelio, esto es, que el Hijo murió en expiación por nuestras culpas –para sufrir el castigo en nuestro lugar– y que Dios lo levantó de entre los muertos. ¿Quién tiene esta fe que salva? Quien es despojado del cuerpo pecaminoso carnal, es decir, para ya no practicar el pecado (Colosenses 2:11-14), lo cual es explicado detalladamente en el tercer capítulo de la carta a los colosenses.

Quien tiene fe ya no tiene esta deuda impagable al es declarado justo por Dios, aunque no por el pecador mismo, sino por los méritos del Justo. Quien es justificado está reconciliado con Dios por medio de Jesucristo y se mantiene firme en la gracia que ha recibido (Romanos 5:1-2).

2. Jesús fue a la cruz para cambiar nuestras relaciones

También en la parábola de los dos deudores descubrimos que la cruz nos permite reconciliarnos con el Padre y también con el prójimo. Hemos sido tratados como justos a pesar de nuestras injusticias, por lo que estamos obligados a tratar con la misma gracia a todos.

Eso implica que si yo no merecía recibir perdón y fui perdonado, también debo perdonar a quien no se merece mi perdón. ¿Cómo serían diferentes nuestras relaciones con nuestros padres, cónyuges, vecinos, familiares, colegas y con el prójimo?

3. Jesús fue a la cruz para que muramos con él y resucitemos con él

Así como Cristo murió en la cruz, quienes creemos en él debemos hacer morir nuestra naturaleza pecaminosa con el propósito de que ya no seamos más esclavos del pecado (Romanos 6:6).

Las palabras del apóstol lo dicen con extraordinaria claridad:

11 Así también ustedes, considérense muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor. 12 Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni lo obedezcan en sus malos deseos. 13 Tampoco presenten sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y presenten sus miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14 El pecado ya no tendrá poder sobre ustedes, pues ya no están bajo la ley sino bajo la gracia. Romanos 6

4. Jesús fue a la cruz para que el Padre sea declarado justo

Dios es justo, no necesita que nadie lo declare así. Aquí me refiero a que el pecador que reconoce que Dios es justo, a su vez se declara a sí mismo culpable y acepta los cargos en su contra –los pecados que se le imputan– y la sentencia –la condenación eterna sin comunión con Dios–.

Esta verdad es importantísima. ¿Le has dicho a un no creyente que Dios nos ha condenado a la muerte eterna por nuestros pecados? La respuesta por lo general es: –¡eso es una injusticia, yo soy una buena persona!– y otras frases similares.

En cambio, quien se sabe malvado ve en el perdón de pecados a través de la cruz de Cristo un gesto de parte de Dios de infinita misericordia. Puede entender la gracia que le ha sido dada al recibir una nueva oportunidad para reconciliarse con el Padre.

No hay fe en Jesucristo si constantemente reclamamos a Dios lo injusto que es sufrir por los problemas que enfrentamos, nuestras enfermedades, nuestros defectos y limitaciones físicas, nuestra situación económica, etcétera. Cuando afirmamos con plena certidumbre que él es Justo es porque vemos claramente nuestras propias injusticias.

5. Jesús fue a la cruz para que ya no vivamos como antes

Si Jesús murió para que quien ponga su fe en él reciba perdón de pecados, entonces ya no tenemos por qué seguir siendo esclavos del pecado, como lo vimos en el punto 3.

Es maravilloso que Dios va a nuestro encuentro y que no nos deja como nos encontró. No solo nos llama, justifica y salva, sino que crea una nueva naturaleza espiritual para que le anhelemos y podamos obedecer su voluntad, nos santifica día a día y nos hace más como su Hijo.

Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Las intenciones de la carne llevan a la enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; además, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no viven según las intenciones de la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está en verdad muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús vive en ustedes, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que vive en ustedes. Romanos 8

Conclusión

Comprender la necesidad de la cruz cambia nuestras vidas. Un instrumento de tortura nos ayuda a ver claramente el amor que Dios ha tenido para con nosotros, que antes éramos enemigos suyos, pero también nos habla de nuestro presente, uno con propósito y libertad; y nos habla de nuestro futuro, uno en el que la plenitud de Cristo será la nuestra, sin relación con la maldad, la incertidumbre, el dolor, las lágrimas y la muerte.

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Efraín Ocampo es consejero bíblico y fundó junto con su esposa Paola Rojo la organización sin fines de lucro Restaura Ministerios para ayudar a toda persona a reconciliarse con Dios y con su prójimo. Fue periodista y es autor de los libros de Restauración “40 días en el desierto“, “Amar como a mí mismo” y “La Iglesia Útil“.

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